Deauville y el mar, una historia de amor

  • © Pierre Jeanson

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  • © Patrice Le Bris

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Deauville y el mar, una historia de amor deauville fr

Partículas de salitre saturan el aire. El murmullo del oleaje evoca un mantra hipnótico. Una luminosidad líquida vuelve postal cada hora del día. Deauville y el mar son amantes indolentes. Tan seguros están de su romance con vocación de eternidad que se permiten, a lo largo del año, pequeñas distracciones –campeonatos de polo, festivales de cine, carreras de caballos, cenas de gala, regatas de alta competencia- que atizan las llamas de ese amor sin prisas, pero también sin pausas. Desde 1860, Deauville brilla con luz propia como la estación balnearia más sofisticada de Normandía. A tal punto que, en tiempos de la Belle Epoque, ganó reputación internacional como “el arrondissement parisino junto al mar”.

Distante apenas 195 kilómetros de la Ciudad Luz, de cara a las aguas del canal de la Mancha, nació como villa marina por impulso de Carlos Augusto Luis José de Flahaut de La Billarderie, hermanastro de Napoleón III. Más conocido como el Duque de Morny, primero en intuir que allí, donde granjeros y ganaderos luchaban a brazo partido contra las dunas y los pantanos, podía construirse un “reino de la elegancia”.

Deauville tenía todo (proximidad a París, clima, playas, vegetación) para ser la meca junto al mar de la élite del Segundo Imperio. Así, en apenas cuatro años, su espíritu emprendedor consiguió que una nueva línea férrea conectara directamente con París en apenas cinco horas.

Atrás quedaron los terrenos anegados y desnivelados: el master plan de Morny dotó al resort de todos los servicios y comodidades de las grandes ciudades de la época. Pronto, se construyeron hoteles, casinos, un hipódromo y un club de yates.

52 años más tarde, Deauville se mantiene fiel al espíritu de bon vivant. Desde luego, el verano es su momento de esplendor: 1,400 metros de finas arenas, una pasarela de azobe que discurre, de cara al mar, flanqueada ora por sombrillas en colores primarios, ora por cabinas art déco de madera bautizadas en honor a las grandes estrellas del espectáculo, un magnífico natatorio olímpico sobre la playa, un  centro de talasoterapia y spa, e incluso los baños de estilo pompeyano, hoy monumento histórico.

Por si fuera poco, cada septiembre se celebra el Festival de Cine Americano, un evento que le ha granjeado el mote de “la Cannes del norte”. Creado en 1975, es un imán para los protagonistas de la industria de los sueños, quienes participan en proyecciones, cenas y fiestas que evocan otros tiempos dorados, allí mismo donde departieron Cocó Chanel, Errol Flynn, Colette o Elizabeth Taylor.

El charme de Deauville es también arquitectónico. Allí están los emblemáticos hoteles Royal Barriere y Normandy Barriere, así como el legendario Casino Barriere, una joya de estilo neoclásico. Boutiques, restaurantes y salas de juego son la excusa perfecta para recorrerlos con deleite. Asimismo, vale la pena admirar los palacetes costeros, de asombroso eclecticismo, que sobrevivieron a la guerra y la ocupación, para comprobar que los pioneros veraneaban como vivían: regiamente.

Imposible olvidar a los caballos, amos y señores de Deauville: el hipódromo, las canchas de polo y los centros de cría y entrenamiento de purasangres que allí funcionan le han valido a Normandía no sólo su reputación como la principal cabaña francesa sino también su condición de sede de los World Equestrian Games 2014

 

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