Megéve, desde el aire

  • © Megeve Tourisme

    © Megeve Tourisme

Megéve, desde el aire Megeve fr

Por Andréa del Rio

El ultraliviano Jodel D140 Mousquetaire carretea por la pista de Aérocime, el altipuerto de Megève, la encantadora villa alpina situada en la región de Rhône-Alpes. A través de los auriculares insertados en el casco de protección, llega la voz levemente distorsionada del piloto, que repite su discurso de rutina: tiempo estimado de vuelo, 40 minutos; altitud máxima, 3.000 metros; objetivo final, el macizo de Mont Blanc. Cuando la aeronave finalmente levanta vuelo, el corazón comienza a latir en sintonía con el motor. Desde el aire, la estación de esquí parece una maqueta, el escenario perfecto de un cuento de hadas: construcciones de madera y piedra con techos de pizarra a dos aguas, floridos jardines y balcones en verano y un mullido manto nevado en invierno, senderos para trekking que se pierden en la espesura del bosque, campanarios que emocionan por su trascendental simpleza. Mientras la avioneta gana altura, hay tiempo suficiente para grabar en la memoria esa postal del modo de vida alpino, sinónimo de placidez tan auténtica como atemporal. El valle pronto queda atrás, pero el estado de ensoñación se profundiza: paredones graníticos, glaciares encrespados como mares y, finalmente, el Mont Blanc, el pico más elevado de los Alpes. Su visión, cara a cara, pone en suspenso a los sentidos, a tal punto que muchos olvidan o desdeñan esa cámara de fotos que habían aprontado antes del despegue.

Megève, estación de esquí de lujo que fue bendecida por el acaudalado clan Rotschild en la primera década del siglo XX -poniendo en jaque el hasta entonces reinado indiscutido de la suiza St. Moritz-, es sinónimo de altitud pura. No sólo por las iniciativas gubernamentales en favor del cuidado del medio ambiente, ni tampoco por la profusión de ateliers de belleza, centros de estética y espacios de rélax que ofrecen programas de bienestar en base a las prístinas aguas de deshielo. Ocurre que Megève concentra, como pocos destinos de alta montaña, una oferta de actividades que hacen del aire el mejor aliado para descubrir sus encantos. Además de la posibilidad de sobrevolar los hielos eternos en avioneta, es posible contratar excursiones a medida en helicóptero: desde un circuito por reductos gastronómicos encumbrados hasta salidas para registrar los alrededores en foto o video con calidad profesional, incluyendo clases personalizadas de pilotaje y vuelos de bautismo.

Si se busca poner a prueba la adrenalina, el menú para intrépidos se orienta al parapente, paracaidismo, caída libre y saltos en tándem: son numerosos los clubes en los que se enseñan los rudimentos básicos para disfrutar de la sensación de ser como Ícaro, tanto con fines recreativos como de competición. Finalmente, si se trata de regalarse un viaje en el aire y en el tiempo, la mejor opción es montarse en un globo aerostático. La ceremonia comienza con el armado del equipamiento y el inflado. Una vez en la canasta, cada metro que desafía la ley de gravedad –se navega a entre 1.500 y 2.500- regala una visual distinta de Megève, permitiendo enfocar la atención en esos detalles (la simetría de un conjunto de casas, la espontánea bifurcación de los senderos naturales, el coherenet discurrir de los arroyos) que, vistos con los ojos del alma, se convierten en imprescindibles. 

DIRECCIÓN

megeve.com