Resurgimiento del acordeón

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Resurgimiento del acordeón

Por Mary Winston Nicklin

Debo de confesar algo. No siempre he sido amante del acordeón. Obviamente me enamoró que mi esposo Pierre me dedicara una versión muy amateur de un tema (so pretexto de compra, cuando nos topamos con un emporio de acordeones durante una de nuestras correrías turísticas) en una tienda de música en Panamá. O cuando una vez me esperó con el instrumento colgado del cuello en la estación de tren de Angers, después de un vuelo transatlántico nocturno, sorprendiendo a los pasajeros matutinos con canciones más bien dignas de un muelle marítimo. Durante los dos años que estuvimos en Limoges, viví aterrorizada de que los vecinos se exasperaran cada vez que Pierre hacía chirriar su acordeón diatónico tocando conocidas canciones folklóricas. (Le sugirieron muy amablemente que tal vez podría tomar clases de música en la escuela local).

El acordeón, ni siquiera es un instrumento francés per se (su lugar de nacimiento es Alemania), pero ha sido durante largo tiempo un símbolo cliché de Francia. (He aquí la típica imagen postal: señores de bigote, usando boina y tocando canciones sobre los puentes de París, sobre las escalinatas de Montmartre o en los estruendosos vagones del metro). Hay canciones tales como la versión de “Mon Amant de Saint Jean” de Patrick Bruel, que ya se han convertido en parte del lenguaje cultural del país.

De repente, en los últimos años, este instrumento del Viejo Mundo se ha transformado en algo verdaderamente moderno – infiltrando las bandas de pop y rock como Têtes Raides y Sansévérino. (Y en grupos fuera de Francia, como: Beirut, The E Street Band de Bruce Springsteen, Green Day, el Gotan Project, y Counting Crows). Al igual que lo que acontece con el movimiento gastronómico, el mundo de la música está siendo testigo de una tendencia hacia lo vernáculo y lo tradicional: la celebración de las raíces. (Un caso puntual: el de la estrella de reality TV y cantante bretona Nolwenn Leroy, que interpreta baladas celtas en su dialecto nativo). El mérito por el renacimiento del acordeón también se lo atribuyo a la arrasadora película Amélie. Cuando este film llegó internacionalmente a los cines en 2001, fue un éxito de taquilla y su banda sonora, musicalizada por Yann Tiersen y dominada por el acordeón, se convirtió en un album muy vendido.      

Mi predilección llegaría un tiempo después. Fue un límpido día de otoño en la región de Limousin, acompañando a Pierre en su peregrinaje a Tulle, la capital no-oficial del acordeón en Francia, al festival “Nuits de Nacre” (Noches de Nácar). Visitamos la famosa fábrica de acordeones Maugein, la marca más antigua de Francia y el único taller en el cual todo el acordeón (excepto por los botones) puede ser completamente armado en un sólo lugar. La mayor parte de las piezas son fabricadas en Francia: las esculpidas florituras en Limousin, las piezas de porcelana en Haute-Vienne, las pequeñísimas partes metálicas en Savoie. El proceso es largo e intrincadamente complicado: un sólo acordeón puede exigir un montaje manual de entre 4.000 y 8.000 piezas individuales que requiere 200 horas de mano de obra. Se producen solamente 600 acordeones por año, la mayoría de ellos hechos a medida para músicos profesionales muy exquisitos. Al ver como trabajan estos artesanos, me di cuenta de que el acordeón en si mismo es una extraordinaria obra de arte.

Esa noche, el gentío del festival inundaba las calles. Había escenarios en las esquinas; las actuaciones surgían espontáneamente en los puentes peatonales ubicados a lo largo del río que atraviesa Tulle. Las salas de concierto desbordaban de fans. El tema era “Quand la femme porte les bretelles” (ed decir, “Cuando las mujeres llevan los tirantes”) y quedé deslumbrada por las bellísimas chicas que cantando a voz en cuello, aporreaban sus acordeones y mantenían ellas solas la absorta atención del público. Fui testigo de una nueva ola de jóvenes músicos que han contribuido al renacimiento del acordeón.

“Al igual que el acordeón, la música tradicional se mezcla bien con otros instrumentos y con los nuevos sonidos. Hoy en día los artistas bucean por estos mares, surcan estas tendencias; en un mundo globalizado existe la necesidad de tener raíces como punto de referencia”, dice Antoine Turpault, 27 años, un laureado acordeonista del departamento de Deux-Sèvres, quien toca este instrumento desde hace 19 años.

Esta “nueva escuela” de entusiastas del acordeón ha resucitado este tan conmovedor y antiguo instrumento de la “vieja escuela”… insuflándole nueva vida.       

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