TIERRA DE MITOS Y LEYENDAS

TIERRA DE MITOS Y LEYENDAS

 

 

POR SHARAN NEWMAN

A LA SOMBRA DE LOS PIRINEOS SE EXTIENDE UNA TIERRA DE ESCARPAS Y VALLES OCULTOS, donde la neblina invernal serpentea por valles profundos, revelando las aldeas montañosas del Medievo como si fueran islas en suspensión, perdidas en el tiempo.

Los valles del Aude y Ariège tuvieron un pasado tumultuoso. Son vestigios de asentamientos prehistóricos así como de ocupaciones romanas y visigodas. Pero la zona tiene más fama por los cátaros, herejes medievales del siglo XI cuyo apogeo duró más de 200 años hasta que fueron derrotados por los ejércitos franceses. Hoy en día, uno puede seguir una ruta marcada a través del “país cátaro” y detenerse en las varias fortalezas de la secta.

El sendero cátaro puede darle algunas sorpresas. En la ciudad de Fanjeaux, famosa por ser la sede de Santo Domingo, fundador de la Orden de los Dominicos, pueden verse los restos de la casa donde vivió en 1215 mientras trataba de convencer a los cátaros para que volvieran a la fe. Tómese unos minutos para admirar el panorama desde los muros de la ciudad. O en Mirepoix, que sobrevivió incendios e inundaciones, mientras almuerza en un café en la pintoresca plaza de la ciudad, levante la vista para ver cómo le devuelven el guiño los pobladores del siglo XVI desde el techo.

El país cátaro es el lugar perfecto para pasear (vea la página 9). Podría encontrarse con pueblos como Laurac-en-Vivarais, ahora demasiado pequeño como para tener una boulangerie (panadería), aunque una vez fuera el emplazamiento de un convento cátaro. Laurac ha cambiado muy poco con el paso de los años: casas angostas de piedra y una preciosa iglesia en la cima del pueblo, con un cementerio donde, según se dice, yacen las tumbas de soldados ingleses muertos durante la Guerra de los Cien Años (vea las páginas 60-61).

Los siglos se apilan en el país cátaro. Puede visitar Montségur, la fortaleza donde los cátaros resistieron por última vez, o tomar la carretera serpenteante que lleva al pueblo de Rennes-le- Château, donde la iglesia, construida a fines de la década de 1800 por Bernard Sauniere, un sacerdote misterioso, ha generado leyendas sobre tesoros perdidos, los templarios, el Santo Grial y, por supuesto, los cátaros. Algunas de estas historias llegaron a formar parte del Código Da Vinci.

Por último, claro está, ninguna visita se considera completa sin un paseo por Carcassonne, un lugar declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Aunque el pueblo medieval es impresionante también se entretendrá si se detiene en la basse ville en el día del mercado. Puede hacer sus compras navideñas en el mercado de Navidad si se va en diciembre.

Desde luego que hay mucho más que hacer en Languedoc. La región tiene vinos fabulosos, algunos elaborados en cantidades tan pequeñas que jamás llegan a las tiendas de París. La ciudad de Limoux, por ejemplo, es conocida por sus espumantes y suaves vinos, de los cuales el más dulce se llama crémant. Muchas bodegas están abiertas todo el año para degustaciones y conversaciones.

La mejor manera de ver el área es alquilar una casa o casita por una semana o dos y usarla de base de exploración. De esta manera, el visitante puede disfrutar de lo último en cenas para llevar a casa: la ciudad de Castelnaudary, que una vez era una fortaleza cátara, tiene mejor fama actualmente como la cuna del cassoulet, un guisado aromático de carne y frijoles. El cassoulet que compra en una de las tiendas especializadas de la ciudad viene en su propia olla de barro, que se elabora localmente. Llévelo a casa, déjelo hervir a fuego lento en el horno mientras se pasa el día andando y luego saboréelo a la noche con un vino tinto de Minerve.

Oficina de Turismo de Languedoc-Rosellón - www.sunfrance.com
Oficina de Turismo de los Midi-Pirineos - www.tourism.midi-pyrenees.org